Arborescencias: por Tomás Espina

Español

No podría hacer un texto sobre el trabajo de Ignacio sin primero contar cómo fue mi acercamiento a su obra. Ahora sé que lo que siempre me llamó la atención de su pintura fue cierto despatarrado goce que está impregnado en toda su producción y que me obliga a pasar por encima cualquier análisis formal o iconográfico. Goce que me provocó siempre una profunda envidia y que creo, también, es lo que produce fascinación en otros. Ver un cuadro de Ignacio es como ver a un niño comer un limón con sal. Podría, como es debido, hacer una lectura o interpretación sobre esta serie de trabajos, podría, también, hacer algunas elucubraciones entre las raíces flotantes, las aureolas, la geómetra sensible, la naturaleza, el paisaje de Misiones, su fauna y la fauna de pintores que lo fascinan. Pero no diría nada que valga la pena ser leído. Hay algo sin embargo que me interesaría comentar (más allá de mi confesada envidia al goce) y es que siento que si ha habido un cambio sustancial en el trabajo de Ignacio de los últimos 10 años es casi un cambio de paradigma. Cambio tal vez producido más que por una investigación pictórica, por una experiencia de vida llevada a la pintura. De hacer la serie Rizoma a fabricar un bosque de Amba’y (Cecropiaadenopus de Martius) hay un itinerario inmenso y esencial. Ignacio, en el año 2003, decide ir a vivir a otro país, con otro idioma, otra comida, otra forma de saludar, en fin, otra manera de vivir. Como siguiendo esa ramificación flotante, agarró sus bártulos y se las picó a Nueva York. No se fue porque la crisis en Argentina lo hubiera empujado a un exilio involuntario, tampoco porque no se sintiera cómodo ni comprendido donde estaba. Se fue de aventura, se fue a probar suerte, a vivir el estado de rizoma al que ya había apelado en sus pinturas. Pero, pareciera ser que, si bien hay cosas que uno puede llevar consigo adonde vaya, y construir redes y sentidos donde uno va pasando, hay otras que, al dejarse, se marchitan. Ni la sociedad rizomática que Deleuze nos propuso ni la pintura que de ahí en más hizo Ignacio resistieron la tentación de buscar sus raíces. ¿Qué serán?, me pregunto, ¿serán, quizá, las raíces del goce?

English

It would be impossible to write a text about Ignacio’s work without explaining how I initially came into contact with his work first. I now know that what it is about his painting that has always drawn my attention is a certain sprawling pleasure that impregnates his entire production and that also obliges me to bypass any formal or iconographic analysis of it. That pleasure has always aroused profound envy in me, and I believe that it is also what produces fascination in others. Looking at a painting by Ignacio is like watching a child eat a lemon with salt. I could duly relay a reading or interpretation of this series of works; I could also emit lucubrations amid the floating roots, aureoles, sensitive geometry, nature, Misiones landscape, its fauna and the fauna of painters fascinated by it. But I wouldn’t be saying anything worth reading. There is, nevertheless, something that I would be interested in commenting (aside from my confessed envy of his pleasure) and it is that I feel that if, indeed, there has been a substantial change in Ignacio’s work over the past 10 years, this has been practically a change of paradigm. It is a change that may well have been produced by life experience brought to bear on painting, rather than as the result of pictorial investigation. The path that leads from the production of the Rizoma (Rhizome) series to the fabrication of a forest of Amba’y (Cecropiaadenopus de Martius), is an immense, essential itinerary. In 2003, Ignacio decided to go to a different country to live, in a different language with different food and different forms of greeting, in synthesis, a different way of living. As if following this floating root system, he packed up his things and set off for New York. It wasn’t because the crisis in Argentina had pushed him into involuntary exile, nor because he felt uncomfortable or misunderstood where he was. He went seeking adventure, he went to try his luck, to live in a rhizome state like the one he had appealed to in his paintings. However, it would seem that although there are things that you can take with you wherever you go and that you can construct networks and meanings in any place you pass through, there are other things that wilt once you leave. Neither the rhizomatic society proposed by Deleuze nor the paintings that Ignacio would produce from then on would be able to resist the temptation to seek out their roots. What would they be, then, I ask myself: the roots of pleasure, perhaps?