Ignacio de Lucca aproximaciones al paisaje

por Jimena Ferreiro Pella

En esta nueva serie de obras, la aparición de la narración tiene el tono de lo impredecible. Cierto salvajismo y la amenaza latente se dispersan como escenas secundarias en todo el campo plástico. No hay narración principal ni tema dominante. En lugar de escenas que ilustran una acción continua y de lectura homogénea, se distingue un montaje de espacialidades difusas.

En este conjunto de pinturas y acuarelas no quedan rastros del espacio euclidiano. Todo intento de profundidad lineal es anulado en el plano siguiente. La fuga en perspectiva que insinúa en algunos claros del paisaje es negada inmediatamente: finalmente no hay espesor, sino tan solo áreas autónomas de color que rebaten el principio de espacialidad renacentista.

La composición se organiza como un gran plano secuencia donde las microescenas se encadenan unas a otras por medio de la búsqueda de operaciones formales. El énfasis no está puesto en la solución de continuidad, sino más bien en acentuar las disrupciones. La mancha emerge del fondo y se establece como grado cero de la pintura; en oposición, diferentes imágenes más o menos naturalistas buscan el contraste (y la confrontación) permanente.

No es casual que estas pinturas exijan la dislocación perceptiva. No son paisajes de acá, sino ensayos deconstruidos del paisaje misionero, donde nada es lineal. A la secuencia ordenada de planos se opone la polución y la trama. No hay visión diáfana y monofocal, sino multiplicidad y superposición.

Ignacio de Lucca materializa en sus pinturas el universo perceptivo de su región, y formula un diálogo provocativo y desprejuiciado entre códigos de la pintura contemporánea y los de la cultura popular, diluyendo las jerarquías y fronteras que mediaban entre ambas.

En su serie anterior Rizoma (1997-1999), un conjunto de pinturas monocromas construidas a partir de líneas muy delgadas que postulaban la casi invisibilidad del motivo representado. Rizoma ponía en escena un fragmento de una trama radial que desbordaba el marco de encierro. Sin un principio jerárquico organizador, sin centros ni motivos principales; de Lucca comenzaba a construir el lenguaje de su pintura.

En el catálogo de la exposición que llevaba el mismo nombre, Francisco Alí- Brouchoud formulaba tempranamente el siguiente interrogante:

“¿Son paisajes las pinturas de Ignacio de Lucca? Y si lo son, ¿aparece de alguna manera una referencia a Misiones, su lugar de origen y trabajo? Estos interrogantes pueden ser respondidas de diversas maneras. El color no reproduce la exaltada gama que se asocia convencionalmente con la provincia. Sin embargo, podría, si se quisiera, encontrarse también este costado en la imagen: “Selva”, “monte”, “follaje intrincado”[1].

Comentaba también la “casi imposible convivencia entre la aridez y profusión”, entre gesto y contención, entre límite y expansión: elementos puestos en tensión que se materializarán en nuevas relaciones en sus series futuras.

Ignacio de Lucca también empezaba a ensayar con estas pinturas la forma plástica que caracterizará su pintura: una estructura orgánica oscilante entre la abstracción y la figuración. Esta indistinción entre formas figurativas y abstractas postulaban la voluntad de superación de cierta ortodoxia greemberiana, una disputa moderna ya anacrónica.

Así fue como paulatinamente sus pinturas fueron incorporando una paleta más variada y ciertos tonos más cálidos, a la vez que sus fondos se fueron alivianando para dar lugar lentamente a los blancos que demarcarán nuevas zonas de interés: el pleno y el vacío, la narración y el silencio. Aun así, seguían siendo pinturas silenciosas y contemplativas, que comenzaban a complejizarse a partir del principio compositivo barroco. Fuertes direcciones, motivos centrales, impacto cromático, densidad matérica; todo un nuevo repertorio formal que confluía en sus paisajes más saturados. Esa sintaxis volvió a encontrar una nueva síntesis y los fondos volvieron a desplazar los motivos centrales que habían ganado casi la totalidad de la tela.

Insertar la pintura nº 4 del website, comenzando de las más antiguas Sin abandonar nunca el anclaje en lo real -ese mismo código que nos permite leer su obra en la tradición del paisaje-, podríamos decir que de Lucca transitaba el grado máximo de abstracción en su pintura; el cual empezaba a declinar en favor de un creciente interés por la narración.

Una vez más, el artista decidía tomar un nuevo atajo con la incorporación de un relato difuso resultante del estudio y reflexión sobre su entorno original. El paisaje que antes se hacía presente como una entelequia al borde de la desmaterialización, cobró nuevo impulso en estas pinturas y acuarelas con toda su riqueza: el color en su máxima expresión da el marco para una taxonomía exhaustiva de la flora y fauna local.

Coatíes, aguará guazú, yaguaretés, monos carayá, tucanes, osos hormigueros, lagartos overos; animales en peligro de desaparición que componen una fábula con notas dramáticas. Hojas de guembe, ambay y tacuara se expanden por la superficie de la tela y la envuelven creando un clima idílico y salvaje al mismo tiempo.

Estas presencias refuerzan el tono narrativo general, a la vez que funcionan como elementos formales que potencian la composición: el fuego también puede ser un acento cromático, los animales se convierten en trama, la nitidez de un contorno se pierde en una mancha, entre otros recursos posibles que inundan sus obras.

En esta nueva aproximación al paisaje, Ignacio de Lucca consigue un delicado equilibrio incorporando el tono narrativo sin caer en las formas más convencionales del “colorlocalismo”. Aun conociendo el riesgo de transitar una vez más el cliché del artista frente a la inmensidad del paisaje que lo rodea (desde la mítica huida de Paul Gauguin a los pintores viajeros que pasaron por nuestras tierras), el gesto de de Lucca asume la forma de un doble desafío. Por un lado conducir su propuesta plástica hacia un lugar en que no quede apresada en el detalle descriptivo (por eso la importancia de sus blancos y la potencia de sus áreas de color en situación de pura abstracción); y por otro formular un lugar de encuentro entre la tradición pictórica erudita (del modernismo a la contemporaneidad) y las tradiciones populares (la cultura guaraní y misionera, principalmente).

Lejos de aquella frontera cultural donde la fricción entre “tradicionalistas” y “contemporáneos” ha dado lugar a un campo de batallas[2], las pinturas de Ignacio de Lucca expanden toda la potencia del paisaje en dosis justas de síntesis y profusión. El mismo equilibrio que mantiene desde siempre en su pintura. Una dualidad que le permite expandirse o replegarse cada tanto. En esta exposición podremos disfrutar de la exuberancia de su costado más expansivo.

[1] Francisco Alí-Brouchoud “Rizoma” en catálogo de la exposición Rizoma, Centro Cultural Borges, Buenos Aires, 1999.

[2] Sobre esta polémica véase “El paisaje, otra vez”, de mi autoría en catálogo Arte de Misiones, Programa Argentina Pinta Bien, centro Cultural Recoleta- Fundación YPF, Misiones, Buenos Aires, 2007.